Submarine

Submarine es una de esas cintas que nos habla del fin de la adolescencia y en el inicio de algo que no tiene un nombre muy definido, comúnmente llamado edad adulta. Dividida en prólogo, dos segmentos y el epílogo, la cinta abarca dos frentes; el primer amor que nuestro protagonista siente por una compañera de su clase y los intentos por volver a unir a sus padres, auténticos muertos vivientes atrapados en sus vidas con un vecino, también antiguo novio de la madre, rondando por ahí mucho más "cool" que el progenitor de nuestro protagonista. Submarine no escapa de ese marcado “estilo videoclip”, representado no solo por el tipo de planos característicos o algún efecto surrealista con reminiscencias a los audiovisuales de Michel Gondry o Spike Jonze, sino también por la utilización de la banda sonora ( compuesta por Andrew Hewitt y Alex Taylor -Arctic Monkey-) como elemento omnipresente en fragmentos, en los que la narración hace un paréntesis con una sucesión de imágenes aisladas, donde los personajes se sumergen en un collage audiovisual de los mejores momentos vividos. La estética, marcada por una fotografía que nos lleva a esos últimos años de la década de los setenta, está compuesta por colores absolutos, como los fundidos en rojo y azul que transitan toda la cinta. Oliver es un protagonista peculiar desde el momento en que se desmarca mirando fijamente al espectador, saltándose uno de los principios básicos del cine, que es la invisibilidad de la cámara. Se descubre sin complejos como el antihéroe de esta historia, en un juego sutil de metacine, donde la consciencia que tiene de sí mismo le eleva a una posición privilegiada, casi como si pudiera valorar en retrospectiva la importancia del momento de la pubertad que está viviendo, como etapa de cambios y descubrimientos. Él fija las reglas y nos guía en su mundo interior. Nos deja ver sus preocupaciones, deseos y las fantasías más extravagantes que sobrevuelan por su cabeza, como cuando imagina la reacción de la gente ante su muerte en formato ocho milímetros. Su lucha por pasar inadvertido y ser aceptado, enfrentado a su necesidad por sentirse diferente a los demás, le confiere una inquietud en constante exploración de un estereotipo que ha formulado y del que no está seguro. En realidad, Oliver Tate no es uno de esos personajes con el que el espectador siente una gran empatía. No es simpático, es bastante despegado y algo egoísta. La relación que inicia con Jordana (Yasmin Paige) parece bastante forzada ante la necesidad de no sentirse solo y no duda en apartarla de su vida en el momento en que no encuentra el apoyo necesario para lo que él requiere. Hay un poso en Oliver Tate con el que todos podríamos conectar, porque quién no se ha sentido alguna vez como en el epílogo de Submarine, cuando todo parece haber acabado para siempre y lo único que queda es la esperanza de un reencuentro al atardecer. Algo que has imaginado incontables veces y, por fin, todos esos anhelos que se habían agolpado en tu cabeza como ensoñaciones, ocurren. Y de repente, todo vuelve a estar bien. A veces es agradable ser protagonista de un happy end. Submarine es una película que tuve la oportunidad de ver hace unos años, personalmente es uno de mis films favoritos, incluyendo en soundtrack que también me fascina. Es una película muy recomendable para esas noches de palomitas cuando no se termina de definir una sola opción.

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